Desperté en una mañana cualquiera; me hice el desayuno y el café. Cuando terminé de beberlo, me dirigí a lavar la taza, pero esta se me resbaló de las manos y cayó al suelo. Vi cómo se quebró el cristal en miles de pedazos y pedacitos.
Todos esos fragmentos invadieron el piso de mi cocina y ahora tendría que recogerlos, porque podría pisar alguno al caminar descalza. No puedo dejar ni un solo pedazo. El problema con el vidrio es que, por más que se barra, siempre queda algún trozo que aparece en el suelo semanas después.
Agarré la escoba y el recogedor y me dispuse a juntar los restos de mi taza favorita. Me agaché y miré debajo de los muebles, por si quedaba algún pedazo de aquel objeto cotidiano que tanto cuesta aceptar que ya no tendré.
Su fractura comenzó a afectarme desde antes de hacerme falta. Aquello que iba a mejorar mi día se convirtió en un presagio de amargura que me acompañaría el resto del día. Una tarea adicional que no contemplaba realizar mientras tomaba café.
Los sacerdotes tienen su cáliz; yo, la taza sagrada de mi ritual. A mí me falta el recipiente en el que religiosamente consumía la cafeína que me sostenía para vivir.
Entonces, desperté.
Cuando me levanté de la cama, aún era de noche. Por alguna razón, estaba vestida con un un pantalón y una blusa negra que me gusta mucho. Fui a la cocina y agarré dos botellas de ron que estaban en la alacena. No sabía desde cuándo estaban ahí, pero las guardé en mi cartera y salí de mi casa.
Caminé hasta una iglesia católica que queda cerca del vecindario. Empujé la puerta grande de madera y me adentré hasta el ábside. Dejé la cartera en el suelo para mover el altar del este al oeste. Vertí ron por todas partes y todos los rincones.
Busqué en mi cartera unos fósforos y encendí tres a la vez. Arrojé uno en el ábside, otro al crucero y el último, a los pies de la iglesia. Las llamas de los fósforos crecieron con una rapidez que parecía irreal. Aproveché el fuego para encender un cigarrillo.
Me senté en el trono, con la pierna izquierda cruzada sobre la rodilla contraria, y me reí con fuerza. Fumé lentamente mientras observaba el fuego. ¿Cómo habría sido la historia si el pueblo hubiese quemado su primera iglesia? ¿Cómo habría sido si un día decidieran quemarlas todas para limpiar los males del mundo? La risa y el cigarrillo parecían no terminarse.
De pronto, desperté.
Me desperté, me vi y, entonces, volví a despertar. Recuerdo que me pregunté, una y otra vez: ¿estoy dormida o estoy despierta? Observé mi habitación y, aún aturdida, insistí en la incertidumbre del desacierto, en ese no querer saber del todo.
Así narró Viviana Torres Serrano su experiencia con los falsos despertares, un fenómeno del sueño que ocurre cuando sueñas que despiertas.
Torres Serrano, de 36 años, indicó que experimenta este tipo de sueños desde hace más de una década. Aclaró que no puede confirmar su edad debido a que ha vivido muchas versiones de sí misma. En el sueño es libre. Pero cuando despierta, lo olvida. Y al olvidarlo, una parte de ella parece borrarse. Se percibe como una extraña que se desconoce, como si le faltaran piezas, como un objeto que no puede ser nombrado.
No se conoce del todo. ¿Quién es ella? ¿Soy yo? ¿Una parte? ¿Otra? Ella sabe quién soy, más yo me desconozco. No puedo confiar en que soy yo y no la otra.
Dicen que los falsos despertares les ocurren a todas las personas al menos una vez en la vida, aunque no todos lo recuerdan.
La información y los testimonios que aquí se muestran son falsos y de procedencia poco confiable. No se puede creer todo lo que se lee, como tampoco se puede asegurar que se ha despertado del sueño.
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